DESPERTAR

Siempre he vivido pensando que tenía que llegar a alguna parte.

Conseguir algo.

Lograr mil metas distintas.

Esforzarme continuamente.

Más objetivos cumplidos, más países visitados, más ingresos.

Aventuras.

Relaciones.

Estar cada día más en forma.

Tener más conocimientos.

Iluminarme más y más y más…

Y curiosamente cuantas más metas cumplía.

Cuantos más logros obtenía.

Más vacío sentía.

Cuando se acaba la función, cesan los aplausos y se apagan los focos, el actor se encuentra solo en el escenario de sí mismo.

Porque piensas que cuando consigas tus sueños te sentirás satisfecho y feliz.

Y no es así.

Te topas con la insatisfacción inherente a tu propia estructura mental.

Así que aparece un nuevo sueño.

Una nueva etapa de ilusión y motivación.

Y tras el logro.

De nuevo el vacío.

Más temprano que tarde te das cuenta del proceso.

Tu lista de objetivos aparece una mañana completamente tachada.

Incluso si puedes imaginar ideales imposibles, empiezas a verles el plumero.

A sospechar que son sólo una huida hacia adelante.

Pero el agujero del alma, sigue ahí.

¿Y qué hay dentro de ese agujero?

Un día me disfracé de Alicia y me dejé caer en él.

Puedes imaginar lo oscuro que estaba.

Sentí un desconcierto tremendo pues no sabía a dónde iba a ir a parar.

Miles de cosquillitas en el estómago por la caída libre.

Y un golpe seco y doloroso al llegar al fondo.

Me levanté, sacudí mis ropas, miré alrededor.

No había nada.

Absolutamente nada.

Al principio sentí mucho miedo y mucha ansiedad.

¿Hay alguien ahí?

No hubo respuesta.

No había salida.

Estaba atrapada en ninguna parte.

Y como no tenía nada que hacer.

Me tumbé.

Y me quedé dormida.

Pasó un día y otro y otro.

Y otro más.

No podía abrir los ojos.

Era como si arrastrara millones de años de cansancio.

El agotamiento de haber pasado décadas huyendo.

Escapando del sentimiento de no ser suficiente.

Quizás porque de niña sentí que tenía que hacer cosas especiales para captar las miradas de mis padres.

Quizás porque a pesar de todo, ellos parecían no estar satisfechos.

Interpreté que nunca era lo suficientemente buena, lista, guapa… para ser amada.

Y desde entonces no pude dejar de hacer cosas para ganar atención, reconocimiento, amor…

Pero nunca llegaba, nunca lo conseguía.

Porque todo lo que entraba desde fuera del agujero, desaparecía.

De modo que nunca podía ser colmado.

Y cuando lo entendí, no sé cuánto tiempo me llevó, desperté.

El agujero se llenó de luz.

Una sensación de amor infinita.

No es que me sintiera amada.

Es que era Amor.

Era Vida.

Era Existencia pura manifestándose en cada latido.

Quizás insuficiente para mis padres y para mí misma.

Pero perfecta para la naturaleza.

Y desde entonces, no quiero seguir soñando.

Ya sólo aspiro a vivir despierta.

A experimentar plenamente mi realidad presente.

Tenga el sabor que tenga.

Sin engañarme con la idea de que todo será mejor mañana.

O cuando consiga esto o lo otro.

Sólo quiero ser.

Sentir que ya soy suficiente.

Que ya he tenido éxito sólo por poder respirar una vez más.

Ya estoy en la meta.

Siempre lo estuve.

Y siempre lo estaré.

No había lugar al que llegar porque nací en el único sitio que puede existir.

No tengo que ganarme la vida, ya es a cada segundo.

Cuando no hay una imagen de cómo debería ser, me satisface lo que soy.

Cuando no tengo nada que obtener, me doy cuenta de que no necesito hacer tanto.

Se acabó la lucha.

Fin.

Ahora puedo descansar.

Puedo sólo ser.

Y desde el ser, muchas actividades nuevas surgen.

Del placer de experimentar, de la curiosidad de aprender, del gusanillo del juego.

Y del agujero que hacía desaparecer todo lo que entraba.

Comienzan a salir cosas increíbles.

Como si fuese la chistera de un mago.

Brota la creatividad y la magia que siempre estuvo ahí.

La danza que se baila a sí misma y que no necesita espectador ni aplauso.

No quiero volver a soñar.

Prefiero vivir despierta.

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