DOLOR

Un temblor en el bajo vientre.

Aún antes de saber nada.

Esa loba ancestral que me habita lo intuye, lo huele…

Presiente peligros escondidos en su mirada.

Como un ejército de cuchillos que se aproximan en desbandada.

La noticia.

La realidad.

Palabras que se derraman como una lluvia de bofetadas.

No puede ser.

La mente se protege por un instante.

Se envasa al vacío.

Y mientras las neuronas de arriba procesan.

Las de abajo reaccionan.

El estómago es una bola de plomo.

Que cae.

Cae.

Y cae en un agujero sin fondo.

Los pulmones, prisioneros del diafragma.

Atrapados.

Vacíos.

Congelados.

No, no, no… no puede ser.

Mil imágenes por segundo.

Pasado y futuro en un solo instante.

Lo que fue.

Lo que no será.

Lo que ya nunca más será.

Nunca.

Un grito quebrado se abre paso desde las entrañas.

Y se detiene en la garganta.

Dolor.

La palabra dolor viene del verbo “dolere” cuyo origen más antiguo es “ser golpeado”

Un golpe físico o un golpe emocional.

No importa.

La sensación es la misma.

Y siempre llega.

Tarde o temprano.

Viva como viva.

Sea quien sea.

Un abandono, una pérdida.

O los mil castillos que se deshacen en el aire.

Y duele.

Tanto que de niños creamos mecanismos de defensa para poder enfrentarlo.

Máscaras, corazas y bunquers que nos mantienen a salvo.

Acolchados.

Pero acorchados.

Protegidos, aunque insensibles.

Por eso es tan importante dejar que el dolor duela.

Es incómodo para que te salves, para que corras y busques soluciones.

Para que apartes la mano del fuego.

No se puede huir del dolor.

Siempre llega.

Quizás ya está ahí.

Anidando entre tus tripas.

Rumiando sin ser digerido.

Todo el dolor del que te protegiste cuando eras niño.

Puede que siga ahí.

Ese grito quebrado, quiere salir.

Quiere aullar.

Y ser liberado de tu garganta.

Dale espacio.

Tiene derecho a ser.

Tiene sus motivos.

Dolor y placer.

El dolor dice “para”

El placer dice “sigue”

Acelerador y freno.

Uno mola.

El otro jode.

Quizás de niños no estábamos preparados para procesarlo.

Pero ahora, amor mío, hay suficiente espacio en ti para acoger cada sensación.

Cada momento.

Tu abrazo es tan cálido que puede sostener la vida misma.

En toda su inmensidad.

Tu conciencia es un papel infinito en el que caben todos tus versos.

Los de amor.

Los de desamor.

Los garabatos.

Y los borrones.

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