EL ALMA DE LAS CIUDADES

Siempre he sentido que las ciudades tienen alma.

Su propia personalidad, su energía especial.

Y no me refiero al clima, a los edificios, a la estructura de la orografía.

Es algo más sutil.

Como las personas.

Cada una te transmite una sensación diferente aunque todas tengan un aspecto similar.

Por eso unas te caen mejor que otras.

Con unas te sientes más agusto que con otras.

Es algo que se percibe en el cuerpo y que puede afectar a las experiencias que vivas en esa ciudad.

Y puedes recordar esa sensación aunque ya no estés allí.

O a veces, incluso antes de haber ido.

Las ciudades que más me han marcado me estuvieron llamando durante mucho tiempo antes de ir.

No sé por qué.

Se colaban entre mis sueños.

O algo se movía en mi cuerpo cada vez que escuchaba sus nombres.

Otras las he conocido sin saber que existían y han acabado enamorándome por completo.

Cuando viajo tengo esto muy en cuenta.

Y pido permiso, a mi manera, a la ciudad antes de entrar.

Una vez allí me dejo caminar sin rumbo fijo.

Dejo que ella me enseñe sus secretos.

Que me descubra sus lugares mágicos.

Eligiendo las calles que más me atraen.

Permitiendo a las sensaciones ser mis guías.

Dejo el mapa en el bolso por si acaso necesito reubicarme en algún momento y me dejo ir.

Sin tiempo, sin expectativas, sin querer llegar a alguna parte.

Reconozco que esto es mucho más sencillo en las ciudades antiguas o en los cascos históricos que en las partes nuevas.

Creo que antes, la construcción de los pueblos seguía una lógica energética, un flujo natural que tiene que ver con las montañas, con los ríos, con la luz del sol… y eso se percibe.

Todo esto influye en mi forma de viajar.

No me interesa tanto ver los lugares señalados en las guías como dejarme acunar por la energía del lugar y descubrir la vida de sus calles.

Muchas veces he ignorado un famoso monumento en el que la gente hacía colas por entrar y he preferido perderme durante horas en un barrio “normal” observando a la gente “normal”.

Mis tiempos, son también, curiosos.

La mayoría en uno o dos días ya han visto la ciudad.

Yo en dos días es cuando empiezo a intimar con ella.

Por eso, las almas de las ciudades que casi me duele nombrar de tanto amor son aquellas en las que he vivido algún tiempo.

Como con las personas.

Conozco a muchas y me encantan, pero las que más amo, son las que conozco en mayor profundidad.

Granada. Edimburgo. Y Praga.

A Barcelona quise amarla, pero ello no se enamoró de mí.

Me dejó acariciarla un par de meses, pero no quiso nada conmigo.

Granada es para mí como una hermana, la mejor amiga que está cuando la necesito y a la que siempre regreso.

Tiene mil caras distintas con las que sorprenderme, pero siempre el mismo regazo.

¡Ay, cuántas Granadas he vivido!

¡Y cuántas espero aún conocer!

Es la que he elegido para compartir mi vida por ahora.

Sin embargo, su energía es tan familiar y tan hacia abajo, que me acomoda demasiado, por eso cada cierto tiempo necesito salir para espabilarme un poco.

Edimburgo es mi madre de acogida, la que me enseñó a ser fuerte y a enfrentarme a la vida con el corazón abierto.

Aunque los muros de sus calles sean grises y la neblina frecuente sus cielos, su alma es luminosa y radiante.

El  misterio se filtra en la humedad de sus piedras, pero su mirada es transparente y fiel, nunca te traicionará.

Calmada, pero activa, creativa, suave, silenciosa….

Casi susurrante.

¡Qué feliz fui de volver a tus brazos doce años después!

Y Praga.

Praga fue mi amante.

Y digo fue porque como con los antiguos amantes, el deseo y el miedo de volver se mezclan a partes iguales.

Ella me fue seduciendo, mostrando sus tesoros poco a poco.

Sabiéndose hermosa me permitió deslizarme por sus calles despreocupadamente… como si nada…

Me guiaba de la mano como una niña inocente.

Aún recuerdo mi primer paseo.

Afortunadamente no había visto una sola foto antes de ir.

No sabía cómo era.

Era 2003 y google aún no era parte de mi adn.

Me confié.

No estaba preparada para darme de bruces con tanta belleza.

Supongo que es como tener una primera cita a ciegas sin muchas expectativas y llegar y encontrarte con Paul Newman de joven y con la camisa abierta…

Cuando mis pasos cada más nerviosos fueron desembocando en el puente… se cortó mi respiración.

Tarde días en salir del shock.

Meses.

Puede que aún no lo haya superado.

Como en las relaciones pasionales todo en Praga fue intenso.

Tanto la alegría, las aventuras y los regalos como el dolor y las enseñanzas.

Y ha sido exactamente igual las cinco veces que he estado.

¡Cuántas historias y lágrimas he dejado impregnadas en los muros del puente!

De amor y de dolor.

La luz y las sombras.

Por eso cuando la gente habla de Praga y dice que bastan uno o dos días para conocerla, se me encoge el estómago.

Me duele, literalmente.

A mí me faltan vidas y eso que podría andar por sus calles con los ojos cerrados.

Ayer me preguntaban que por qué vuelvo tantas veces a algunas ciudades, que podría usar ese tiempo y dinero para conocer otros paisajes.

Es como con las personas…

A veces te apetece conocer a gente nueva y es maravilloso, pero siempre voy a querer volver a ver a las personas a las que amo.

Cuando el alma de una ciudad atraviesa la mía, antes de dejarla ya la estoy echando de menos.

Y este verano…

Parece que ya hay un alma susurrando mi nombre…

Y esta vez es un alma nueva.

O no.

 

 

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