ÉXTASIS

No siempre sucede.

Aunque lo busque.

Especialmente si lo persigo se vuelve escurridizo y se esconde.

Por eso he aprendido a dejar que me sorprenda.

Como un regalo en el día de tu no cumpleaños.

Doblemente afortunada.

Por el regalo y por recibirlo sin venir a cuento.

Simplemente lo invito.

No siempre viene.

Le abro la puerta estando presente.

Consciente.

Hay días en los que la nube mental es espesa y lluviosa.

Otros en los que miles de rayos de sol se cuelan entre los huecos.

Pero no depende de eso.

Da igual el contenido que haya ese día en mi mente.

Cuando sucede, sucede y no importa cuántas legiones de demonios batallen en mi cabeza.

Me recuerda a esas veces en las que he viajado en avión en mitad de una tormenta.

En tierra, es un día gris oscuro y diluvia a través de los cristales.

El avión despega lentamente atravesando las masas de nubes.

Se mueve, se vapulea.

Los pilotos, a ciegas, mantienen su trayectoria.

El estómago encogido porque en esos momentos me parece imposible que un aparato metálico sea capaz de atravesar una tormenta.

Y de repente, luz.

Por encima de las nubes, nunca dejó de brillar el sol.

Miro por la ventanilla.

Y sé que, debajo de esa alfombra gris, aún la gente abre sus paraguas, se mojan los zapatos y se les encrespa el pelo por la humedad.

Pero yo estoy aquí arriba.

Deleitándome con los azulados del cielo.

Percibiendo la curvatura del horizonte.

En otra realidad.

Eso es exactamente lo que sucede.

Camino por el bosque cerca de casa.

Estoy consciente de mi cuerpo, me dejo mecer por el vaivén de la respiración.

El sonido de los pájaros.

El aire frío cortando mi cara.

El parloteo incesante de millones de pensamientos.

Son cientos de imágenes y de voces acribillándome por segundo.

Los observo arraigada en el cuerpo.

Como los pilotos que agarran con fuerza los mandos confiando en la tecnología.

Me vapulean generando emociones intensas.

Sostengo las turbulencias.

Y cuando parece que no hay salida.

Luz.

Estoy en el mismo bosque, pero me parece completamente distinto.

Como si los árboles hubiesen despertado de repente y me saludaran como viejos amigos.

La sensación de mis pies sobre el barro se convierte en el descubrimiento del siglo.

El murmulllo del viento entre los pinos es ahora una curiosa melodía.

Cada pequeña brizna de hierba diminuta, una pieza de arte cuya belleza me parece imposible de soportar.

Mi pecho explota y se expande en ondas infinitas.

Lágrimas de intensidad.

No es alegría, no es euforia.

No sé lo que es.

No hay palabras.

Ni siquiera hay un yo.

Sólo vida contemplándose a sí misma.

Una vida que siempre está ahí.

Que siempre es.

Aunque no pueda percibirla habitualmente.

Un sol que siempre brilla.

A pesar de las nubes.

Podría parecer especial.

Pero la sensación es de una cotidianeidad absoluta.

Los mismos árboles, la misma montaña, la misma temperatura del aire.

En realidad ellos siempre han sido los mismos.

Sólo cambió mi percepción.

Anochece.

Estoy agotada.

Aterrizo suavemente.

Reconozco las nuevas nubes de mi pensamiento como un sonido familiar de fondo.

Vuelvo a casa.

Y después del éxtasis…

Friego los platos.

Saco la basura.

Limpio el baño de rodillas.

Quito el fango incrustado en los zapatos.

Me tomo una infusión.

Abro el facebook.

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