QUERIDOS REYES MAGOS

Este año no he sido buena.

Podéis llevaros vuestro oro, vuestro incienso y vuestra mirra.

O ya que pasáis por aquí, dejadme una mijita de carbón para invitar a mis amigos a una barbacoa.

Porque no, no he sido buena.

Y nunca más volveré a serlo.

No cederé a vuestro chantaje.

Disfruté mucho de la bici, la canasta de baloncesto, los peluches y las decenas de libros que me traíais cada año.

Pero creo que pagué un precio demasiado alto por ellos.

“Pórtate bien que si no, no vienen los Reyes” escuché el otro día a una madre en una cafetería.

Se dirigía a su hija apuntándola con su índice acusador.

Llevaba observándolas más de media hora.

La mamá estaba con dos amigas hablando de sus cosas.

La niña había jugado pacientemente con un cochecito sobre la mesa durante un rato, se había levantado, se había vuelto a sentar, subió los pies a la silla, los había vuelto a bajar…

Era obvio que estaba cansada, aburrida… necesitada de estímulos y de movimiento.

Comenzó a alborotar un poco sobre mi mesa con el cochecito, queriendo jugar conmigo.

“Sé buena”

“Pórtate bien, no seas mala”

“Que si no mañana no vienen los reyes”

La niña bajó la mirada y volvió a sentarse tragándose toda su incomodidad por un puñado de regalos.

Me ví en ella.

Yo fuí esa niña buena con flequillo recto y pelo largo.

Recuerdo las visitas interminables en casa ajena.

El cansancio, la ansiedad, el aburrimiento más absoluto, incluso la desesperación…

Pero yo tenía las palabras “sé buena” tatuadas a fuego.

Porque ser buena significa “pórtate como mamá quiere”, “no molestes a los adultos cuando hacen sus cosas”, “cállate y trágate todo lo que estés sintiendo porque ahora no quiero escucharte”, “no te muevas”.

“No seas tú”

“Eres mala si haces o expresas lo que sientes”

“Tus sentimientos no importan”

“Si no haces lo que te digo, no tendrás lo que quieres”

Así que aprendí a complacer y a tragar lo que sentía esperando recompensas por ello.

Aprendí a negarme a mí misma para obtener el amor y la atención de mi madre.

Después me negué a mí misma para obtener el amor y la atención de los demás.

Y claro, cuando no lo conseguía, cuando a pesar de todo me rechazaban o me abandonaban, se despertaba la furia.

Era como si después de haberme portado superbién durante un año (a costa de mi sufrimiento) no viniesen los Reyes Magos.

Me ha costado mucho dolor y muchos años de trabajo interior dejar de complacer y aprender a respetar mis propios sentimientos.

Las amenazas, coacciones y chantajes tienen un alto precio, por muy inocentes que parezcan.

Por eso, antes de ayer en la cafetería, me hubiese encantado acercarme a esa niña.

Como si mi yo-adulto cogiese en sus brazos a mi yo-niña.

La sentaría en mis rodillas y acariciaría su cara suavemente.

“Cariño, sé que estás cansada y aburrida y que necesitas salir de aquí. Lo entiendo. Pero a mamá le gustaría hablar un rato más con sus amigas, ¿crees que puedes esperar un poco más?, ¿me harías ese favor?”

No tuve esa madre respetuosa por mucho que me quisiera.

No la culpo.

Hizo lo que supo.

Lo que pudo.

Lo que recibió de su propia madre y lo que sus circunstancias le permitieron.

Pero al menos ahora que soy consciente intento tratarme así a mí misma.

Y a los demás.

Así que, queridos Reyes Magos:

Si merecer vuestros regalos implica portarme como los demás esperan de mí.

Pasad de largo.

Ya me corono a mí misma como mi propia Reina Maga.

Y me colmo de regalos, atención y amor.

Sólo por ser lo que soy.

Por sentir lo que siento.

Por hacer lo que puedo.

Cada día.

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