TORMENTAS DE VERANO

Una gota, dos gotas, tres gotas…
La vibración profunda de un trueno.
Las nubes oscuras que se acercan silenciosas desde las montañas.
El viento fresco que recorre la casa aliviando el sudor de este final de agosto.
Recojo la ropa tendida.
Enrollo el toldo de la terraza.
Me siento frente al ventanal.
El paisaje se ha transformado en apenas unos minutos recordándome las sensaciones de la pasada lluviosa primavera.
No sé cuánto durará la tormenta hoy.
Pero me dispongo a disfrutarla.
He aprendido a bailar con el agua bajo el foco de los rayos.
A no añorar el sol tarde lo que tarde en salir.
Este verano estructuras densas de pensamiento se han instalado en mi mente.
Estructuras antiguas con sabor a heridas infantiles.
Sólidas, penetrantes, pesadas, intensas…
Pensamientos enredados en ovillos interminables anudados a emociones punzantes.
No voy a luchar.
Una niña que no recibió lo que necesitaba bajo el disfraz de una mujer que ha perdido lo que creía necesitar.
No voy a luchar.
Dejo que suceda la tormenta.
Que me penetre, me sacuda, me empape hasta los huesos.
Yo no soy esta tormenta.
Sólo la observo.
Yo no soy esa niña.
Sólo la abrazo.
No soy la necesidad.
Sólo la experimento.
Hoy parece que la tormenta durará varias horas.
Pasará.
En algún momento pasará.
Pero no en este.
Ahora salgo a pasear por la vereda del río aprovechando el frescor de la tierra mojada.
Verano tormentoso.
Será el cambio climático.
Será.

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