VULNERABLE

Vulnerable viene de “vulnus”: herida.

La capacidad o posibilidad de ser heridos.

O como me gusta definirlo: un estado de ser sin máscaras ni mecanismos de defensa.

Un estado desconocido para la mayoría de las personas.

Creamos personajes para protegernos especialmente de los que más nos quieren, de los más cercanos… por eso es raro que alguien baje el escudo y se permita abrirse de par en par.

Tenemos pánico a mostrarnos tal y como somos.

Miedo al rechazo, a la crítica, al abandono…

Pero de tanto fingir perdemos la conexión con nosotros mismos y vivimos presos de nuestras propias estructuras.

La Sra. X me pide una cita.

Es amiga de una de mis alumnas; “he oído maravillas sobre tu trabajo”.

No conoce ninguna de las técnicas que realizo: “no soy muy de estos temas ni creo mucho en estas cosas, pero he pasado por médicos y psicólogos y ya no sé qué hacer”

He escuchado esta frase un millón de veces.

Me hace gracia lo de “estos temas”… ese cajón de sastre donde caben todas las técnicas no convencionales aunque no tengan nada que ver entre sí.

Llega a mi centro con puntualidad de reloj suizo.

Cuando me saluda percibo en ella una sensación de alivio, luego me confirmará que ver que soy una persona “normal”, la hizo sentirse cómoda.

“Normal”… jajaja….

No sé si tomármelo como halago o como ofensa… pero me hace pensar en la imagen que tiene mucha gente de nosotros.

Supongo que el chándal del Decathlon no me da mucho glamur.

Le explico el procedimiento y nos sentamos frente a frente, sentadas sobre el tatami, sin mesas ni obstáculos entre nosotras.

Empieza a explicarme su situación atropelladamente como si fuese una cantinela que se sabe de memoria y la dice sin pensar.

Casi todo el mundo comienza así, nos hemos contado tantas veces nuestra propia historia que dejamos de sentirnos.

La interrumpo.

-¿Qué necesitas?

Me mira como si le hubiese preguntado por la cuadratura del círculo.

Es una pregunta simple, pero para mucha gente se convierte en un dardo certero.

-Pues… la verdad… no lo sé….

Sus ojos comienzan a humedecerse.

Es la primera vez que la veo, a ella, a la persona que hay debajo de la historia que se cuenta a sí misma.

-Pues, no sé… ¿que se me quite la ansiedad?

-¿Me lo preguntas a mí?

Sonríe.

-Pues, eso… que se me quite la ansiedad.

-¿Y cómo sabes que es ansiedad?

-No sé… supongo

-¿Cómo lo sientes en tu cuerpo?

-Es… como un nudo en el estómago… y una sensación como de ahogo en la garganta.

-Vale, entonces no es ansiedad, es un nudo en el estómago y una sensación de ahogo en la garganta.

-Sí…- suspira aliviada.

No somos conscientes de cómo nos encadenamos a las etiquetas y los diagnósticos.

Ansiedad es una palabra muy grande, con muchas connotaciones y deriva en otra palabra con mayores connotaciones aún: “ansiolítico”.

Pero un nudo en el estómago se convierte en algo más pequeño y soportable.

-¿Puedes sentirlo ahora?
-Si
-¿Puedes sostenerlo?
-Creo que sí.
-¿Qué te pide esa sensación que hagas?
-¿Gritar?
-¿Me lo preguntas a mí?

Sonríe de nuevo aún con el nudo en el estómago.

-Gritar.
-Grita.
-No puedo.
-¿Qué te lo impide?

Comienza a llorar.

Se disculpa con cierta vergüenza por sus lágrimas.
Hago mi broma de siempre acercándole el paquete de pañuelos de papel.

-Tienes derecho a sentir.

Llora desconsoladamente.

Se rompe en mil pedazos.

La contemplo en silencio, totalmente consciente, sosteniéndola con mi presencia.

Entre las grietas de su coraza empiezo a reconocer pequeños destellos de su verdadero ser.

Por primera vez sus ojos me hablan de una verdad que puedo creer.

Por primera vez, en medio de su dolor, puedo verla a ella completamente.

Sus palabras ya no siguen un guión.

Y hay tanta belleza…

Hay tanta fuerza en el instante en el que abandona todas sus defensas…

Vulnerabilidad no es debilidad… es una fuerza descomunal.

Me emociona su valentía.

Qué privilegio y qué honor poder asistir a este espectáculo de la naturaleza humana.

La autenticidad hace tiempo que se convirtió en mi palabra favorita.

Me da igual quién seas, pero sé tú.

Evitamos abrirnos por miedo a no ser aceptados, a no ser suficientemente buenos.

Sin saber lo hermosos que somos cuando simplemente somos.

Cuando no hay nada que esconder.

Cuando me permito sentir lo que de verdad siento…

Cuando soy vulnerable.

Sin filtros, sin juicios, sin justificaciones.

Eso es libertad.

Por ahí anda la paz que todo el mundo busca.

Mi trabajo no es curar, ni arreglar, ni cambiar a nadie.

Porque no hay nada que curar, ni arreglar, ni cambiar.

Sólo trato de generar un espacio de presencia donde simplemente ser quienes somos.

Perfectos en nuestra maravillosa imperfección humana.

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